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Un día común. No es necesario recordar como cuál, sólo es un día común. Se siente igual que los otros: opaco.Las nubes cubren enteramente el cielo, las calles siguen húmedas y los charcos se mantienen vivos por la lluvia caída durante los últimos días; la gente continúa con su rutina mientras las hormigas flotan en un arroyo hecho con agua de lluvia, acomodadas sobre un trozo de melón: lo de siempre, un día común.
Las ventanas empañadas de la cafetería sólo proveen la calma y el sopor en el local.
La taza de café permanece inmóvil mientras pellizco un trozo de pan. Nada cambia alrededor, sólo que el pan se deshizo y cubrió una parte de la mesa en forma de migajas; mis dedos quedan pegajosos como sí lo que hubiera desmoronado fuera la parte superior de una dona con chocolate; pero de cualquier forma el día sigue igual que al principio de la mañana: un día común.
Aún no sé precisamente por qué se me ocurre voltear y perder mi mirada en la entrada de la cafetería; pero sí sé que, al ver mi taza por segunda vez, noto que el panorama era demasiado claro y un tanto rojizo. ¿Atardecer? Nunca más a las once de la mañana.
Mi acompañante aparece en el mismo instante de cambio meteorológico: se ve tan tranquila y emocionada como siempre, con su sonrisa de alegría misteriosa que en ocasiones me da repugnancia. Ella sabe que debe estar conmigo a esa hora, mas no conoce la razón.
El café se mantiene en su sitio mientras mi compañera abre sus enormes ojos y me contempla con extremada dulzura, esperando alguna palabra que le ayude a comprender.
Apoyo ambos codos sobre la mesa y sostengo mi cabeza en mis manos con los dedos entrelazados.
¿Sabes? Hay ocasiones en las que no te soporto, en las que daría todo lo que tuviera entre mis manos para hacerte rodar al vacío desde la cima de una montaña; temporadas en las que me encantaría destrozarte la cara, pisarte el ego y arrancarte el cabello sin más herramienta que mis manos; quemarte con todas tus pertenencias, apuñalarte miles de veces y ahogarte en una bañera. Tal vez todo y nada a la vez, sólo quiero quitarte del rostro esa maldita sonrisa de niña inocente que te hace ver más tonta de lo que eres... aunque no creo que sea posible.
Sigo mirándote a pesar del odio mortal que te tengo: despierta, curiosa, esperando cualquier señal que te dé razón de la cita en la cafetería de siempre a una hora tan tardía. ¡Con un demonio! ¿Por qué no dejas de sonreír?
Espero que algo interrumpa el momento, pero la situación no llega. El "atardecer" se mantiene, ni una nube, ni el frío, ni la lluvia a pesar de los diluvios durante semanas. "¿Por qué?", me pregunto mientras juegas el cenicero de la mesa con el dedo índice de tu mano derecha, "¿por qué debes hacer esto tan sencillo para mí?", sigo pensando, notando cómo volteas el triste y helado trozo de vidrio sin tabaco quemado, ¿qué estás planeando?
Al fin, tus manos torpes dejan caer el cenicero.
Debo ser franca contigo: no me gusta cómo eres, no soy tan tolerante como tú, tampoco soy capaz de aguantar durante más de cinco minutos tu "linda" risa que contagia y que me deja sorda durante días, atolondrada durante semanas, hastiada durante meses. Entonces, ¿por qué te hice venir? Sólo hay un motivo, uno que, espero, quite esa diabética sonrisa de tu cara.
Ya no más... sabes a qué me refiero.
No quiero volver a ver tus ojos gigantes como si fueras el enorme conejo que nunca tuve, tampoco pienso tolerar un día más el aspecto terrible de tus dientes perfectos, mucho menos sentir el aroma del mismo cabello negro y largo que me atormenta cada día durante toda mi vida. ¿Sabes a qué estoy dispuesta? A observarte horas y horas dentro de una caja, más cerca del centro de la Tierra que alguien más. Sólo a eso, nada más.
Quiero dejar de verte desde este momento y por toda mi vida, no serás más recibida en cualquier rincón que toque, no me importa si mueres de soledad, por mí sería lo más adecuado para ti: tu destino cortado sólo por mis palabras. Amo regañarte.
Al fin dejas de sonreír...
Una pequeña lágrima de diversos colores recorre tu mejilla, a pesar de que tu rostro no muestra más cambio, ni siquiera tu sonrisa se desvanece. El ruido tardío del cenicero roto llama mi atención y me obliga a ver abajo, encontrando más de cien trozos de vidrio: más de una pieza de cristal caída, pasando del rojo al negro, no más colores vivos.
Levanto la mirada para encontrarme con más lágrimas, pero mi compañera ya no está: se fue como llegó, sin decir palabra.
El vidrio se empaña de nuevo como en el principio de la mañana, el cenicero continúa sobre la mesa, el par, pellizcado se mantiene tan tibio como antes, el día sigue tan nublado como en un principio... sí, un día común.
Sostengo tranquilamente la taza de café mientras descansa mi alma: no más sonrisa diabética, al fin se terminó, y lo mejor de todo: mi espejo no la extrañará, ni yo tampoco.
Muy curioso: era tan parecida a mí, ¡y tan diferente! Por algo no la soportaba.

